Sintió frío y soledad y dejó que el instinto hiciera lo demás, así que se echó por encima una manta que había cambiado sus colores originales por uno indefinido que parecía proteger mejor, y lo segundo lo atendió después, abriendo un cartón de vino tinto. Una anciana que pasaba cada día por allí se agachó y puso en su cajita vacía un billete de diez euros. Él levantó el cartón en señal de gratitud. Ella le devolvió una sonrisa comprensiva. Pronto cumpliría noventa y siete y eso era mucho vivido como para andarse con remilgos.