Cada verano se lo proponía pero nunca el dinero era suficiente. Europa estaba tan cerca, que resultaba doloroso imaginar el bienestar, ahora también para su pequeño, y no poder dárselo. Salieron al amanecer, unos setenta contó con dificultad. Aguas tranquilas y varios niños que lloraban mareados. Algo avisó a su corazón de que compartiera con su retoño la ración de agua y comida a ella asignada. Las otras madres los arrojaron muertos por la borda. Ella no. Su pequeño resistió hasta alcanzar el sueño de la costa. Con las otras madres, ella continua llorando aún desesperanzada.